En el norte argentino comunidades enteras ven cómo sus ríos se transformaban en hilos de barro espeso por la desidia industrial. En las oficinas de Buenos Aires, a miles de kilómetros, escuché a los ejecutivos de esas mismas empresas decir que sus procesos contaban con certificaciones internacionales. Esa desconexión endémica entre el territorio y el escritorio es el mayor peligro que enfrenta la economía de exportación en América Latina, y particularmente en Argentina.
Mientras el país debate su matriz energética y navega una transición económica turbulenta, el sector agroexportador y la logística de transporte terrestre están a punto de chocar de frente contra una pared invisible. En Argentina, la Ley Nacional 27.520 de Adaptación y Mitigación al Cambio Climático Global exige la creación de planes de respuesta sectoriales, pero la brecha entre la legislación en los papeles y la realidad de los camiones en la ruta es kilométrica. El transporte de carga en el país se mueve en un más de 90% a través del asfalto, devorando gasoil en flotas cuya antigüedad promedio supera los 15 años.
Ahí es donde el mercado internacional te liquida sin necesidad de un decreto local. Los compradores de la Unión Europea y de los mercados más exigentes ya están aplicando las reglas del juego global. Si exportás granos, carne, acero o derivados, tu comprador en Amberes o Róterdam necesita que le demuestres fehacientemente cuántos gramos de dióxido de carbono costó mover esa tonelada de carga desde el campo de origen hasta el puerto de Rosario o Buenos Aires.

El problema es de escala y de ceguera. Según estimaciones de las cámaras logísticas regionales, menos del 10% de las PyMEs de transporte de carga en el cono sur tienen una metodología estandarizada para medir y certificar sus emisiones de Alcance 3. La mayoría ni siquiera sabe por dónde empezar. Piensan que la sustentabilidad es un lujo para las multinacionales que cotizan en bolsa, sin entender que si ellos no miden su huella, la multinacional a la que le prestan el servicio de flete los va a cambiar por un competidor que sí lo haga.
El mercado internacional dejó de ser un comprador de materias primas para convertirse en un inspector de procesos. No importa si la ley local te da margen o si las prioridades del gobierno de turno van para otro lado. El pasaporte ambiental de las mercancías ya es una realidad exigida por los clientes del exterior. Seguir compitiendo basándose únicamente en el precio de la tonelada, ignorando el rastro de carbono que dejas en el camino, es el equivalente a jugar a la ruleta rusa con la viabilidad de las exportaciones del país. La pregunta ya no es cuánto producís, sino cuánto ensuciás para moverlo. Y esa respuesta necesita números, no excusas.
imagen: <a href=»https://www.magnific.com/es/foto-gratis/curva-carretera-energia-eolica-infraestructura-ecologica_418917076.htm»>Imagen de pvproductions en Magnific</a>
